04 jun 2015 @ 4:57 PM 

Soy ciudadano mexicano y ninguna opción partidista me parece lo suficientemente buena para votar por ella. He leído, visto y escuchado cientos de notas, fotografías y spots, con los que partidos y candidatos se han promovido hasta la náusea. He analizado sus demagógicas propuestas de gobierno. He atestiguado una guerra de mierda y sangre trasvestida de campaña política: al momento de escribir estas líneas, 20 individuos relacionados con las campañas, como candidatos o dirigentes, han sido asesinados. Todo esto que enlisto me causa vergüenza, lástima y, a veces, un poco de risa. No quiero ser parte de ello, y no lo seré. No cuenten conmigo.

La democracia es más que votar, y votar es más que elegir al “menos peor”. Debe serlo. Votar es sólo uno de mis derechos y sólo una de mis obligaciones como ciudadano. Tengo otros derechos y tengo otras obligaciones, y ejerzo los primeros y cumplo con las segundas. Uno de esos derechos ajenos al voto es el de cuestionar a mis gobiernos y exigir de ellos gestiones satisfactorias, rendición de cuentas y apego a la ley. Una de esas obligaciones ajenas al voto es la de participar en la vigilancia y ejecución de los planes de gobierno. Queda claro, pues, que mi ciudadanía no empieza ni termina con el voto: muy jodido estaría yo si así fuera.

En México, dada la actual legislación, el voto no sirve para elegir entre candidatos, sino para validar a quienes han elegido previamente los partidos, excluyendo al ciudadano. El voto que ejercemos cada tres años no elige: valida. No es por ello menos valioso, pero sí es diferente a lo que suele creer el votante mexicano: el poder del voto en México radica en brindar la legitimidad necesaria para que los candidatos ganadores puedan gobernar.

En este país el derecho a votar nos fue regateado por tanto tiempo, que cuando finalmente lo tuvimos creamos con él un tótem, atribuyéndole cualidades absolutas e incontestables. Creemos que ejercerlo, aunque sea para validar al “menos peor”, constituye un acto sacramental que por sí mismo nos brinda un gobierno satisfactorio. Suena bien: obtener buen gobierno por tres o seis años, a cambio de esforzarnos cinco minutos ante la urna, es muy buen negocio. El problema es que es una falacia: el voto por sí mismo, ya sea “razonado”, “de castigo”, “nulo”, “informado”, “diferenciado” o cualquiera otra modalidad, no brinda buen gobierno. Brinda gobierno a secas, y la calidad del mismo dependerá de muchos otros factores y esfuerzos, que suceden antes y después de votar.

Hoy día los gobiernos de México, en sus tres niveles, no están haciendo las cosas bien. Para dejarnos de eufemismos: lo están haciendo espantosamente mal. En ello llevamos responsabilidad los ciudadanos y los propios gobiernos: los primeros por elegirlos con base en colores y fobias, y los segundos por ser ineptos y omisos, cuando no francamente mafiosos y criminales. Y en medio están los partidos políticos, a través de los cuales los ciudadanos validamos a los gobiernos. Ellos también lo están haciendo terriblemente mal.

Yo no digo que todos los partidos políticos sean iguales, pero sí digo que todos están reprobados. Los gobiernos emanados de ellos, en los tres niveles, en los tres poderes, a todo lo largo y ancho del territorio nacional, presentan resultados de malos a pésimos. Existen excepciones, siempre las hay, pero esa misma condición permite entender que la norma, lo cotidiano, es el gobierno inepto y corrupto. Eso debe cambiar, y pronto. Es común escuchar quejas por el mal gobierno que sin duda tenemos, pero más allá del discurso no hay actos nuevos, individuales, informados, que sean precursores de un gobierno diferente. Requerimos menos creencias y más datos. Menos dichos y más hechos. Menos masas que sólo sean votantes y más individuos que se asuman como ciudadanos.

Dicen, y dicen bien, que anular un voto no cambia el sentido de una elección. Que la ley está diseñada para beneficiar a los partidos políticos. Que un voto nulo no espanta a nadie. Quienes eso dicen, derrochando tantas certezas, exhiben también una estremecedora tara cívica: asumen que todo su poder radica en hacer una marca sobre un papel. No conciben otras formas de hacer ciudadanía, de formar sociedad y de incidir en el gobierno, que votando. Son meras masas, y estas siempre son torpes, lentas y moldeables. Si esa es su propia visión como ciudadanos, no cuenten conmigo.

Quienes queremos obtener mejor gobierno, lo tendremos que construir con los políticos, sin ellos, o a pesar de ellos. Comenzar por marcar distancia de los candidatos y sus partidos, y sus modos caducos de operar, me parece un acto inteligente y poderoso. Si los políticos mexicanos insisten en el derroche de dinero público, en la ofensa y descrédito del rival, en la mentira demagógica, en la guerra sucia, en el delito y en el crimen, que no cuenten conmigo. A la mierda con ellos. Que jueguen su juego sin mis coros. Que celebren sus goles sin mi aplauso. No puedo ser parte de ello y mirarme al espejo con respeto cada mañana. La sonrisa de mi esposa, los ojos de mi hermano y las manos de mis padres merecen mucho más de mí, que el cómodo acto de ser comparsa de quien gobierna en forma inepta y es pagado con el dinero que yo mismo aporto. Para semejante concierto de hijaputeces, que no cuenten conmigo.

Esto que digo, y el acto de anular mi voto, no es un mensaje para los políticos. No pretendo conmoverlos, amenazarlos o convencerlos. Este mensaje es para los otros que son como yo y que aun no conozco. Si usted que me lee coincide en una o más nociones conmigo, le aviso que ya somos dos. O quizá seamos tres, y tal vez luego seamos más. El primer paso para identificarnos es decir en voz alta qué queremos y en qué confiamos: ya hemos comenzado. Luego, que cada quién piense qué hacer, y que lo haga sin esperar ni pedir orientación o guía. Sin burocracia ni asamblea, actuando en forma individual. Si buscamos el mismo fin, en algún punto coincidiremos y nos articularemos, logrando sinergia.

Dicen, y dicen bien, que la ley no contempla un porcentaje mínimo de votos nulos para anular una casilla. Lo celebro: si el voto nulo estuviera perfectamente acotado en la ley, serviría de muy poco, apenas para mantener funcionando el acuerdo existente, tal y como sucede ahora con el voto que no es nulo. Los cambios trascendentales se derivan de actos que, sin ser ilegales, aun no están reconocidos (y acotados) a plenitud en la ley, y lo que hoy requerimos en México es un cambio radical. La ley no crea poder ni genera sucesos, sólo los norma. Los regula. Los limita. Cuando llegue el día en que el voto nulo sea lo que muchos quisieran para usarlo, quienes hoy anulamos estaremos explorando nuevas formas de retar y sacarle concesiones al status quo.

Dicen, y dicen bien, que los votos nulos no cuentan. Me parece magnífico: lo que quiero es que los políticos y sus partidos no cuenten conmigo. No soy como ellos ni estoy de su lado.

Dicen, y dicen bien, que con un solo voto basta para ganar una elección: me pregunto si ganar una elección es lo mismo que gobernar. Apuesto a que no lo es.

Dicen, y dicen bien, que anular un voto es un mensaje que no llega más allá de los ojos de los funcionarios de casilla, que son ciudadanos como yo. Me parece estupendo: es a ellos a quienes les envío el mensaje.

Dicen, y dicen bien, que el voto nulo no vale, que está vacío. Me parece oportuno: así lo puedo llenar de poder con otros actos. Y mi primer acto es negar mi voto útil, mi voto razonado, mi voto de castigo y mi voto diferenciado a todas las opciones políticas porque son inútiles, porque no razonan, y porque no son diferentes en forma relevante para mí. Yo solía otorgar un voto a algún candidato, y confiar en que daría buenos resultados. Ahora invierto el proceso: niego mi voto a todos por ser igualmente ineptos, y cuando alguno brinde resultados buenos o muy buenos, para la siguiente elección le daré mi voto. Condicionado, limitado, y con fecha de caducidad.

Si soy el único en plantear estas ideas, será muy fácil para los gobiernos, los partidos y los políticos, ignorarme sin más trámite.  Sin embargo, esa mera posibilidad no es razón suficiente para dejar de hacerlo. Renunciar a esta libertad sería como vivir rodeado de suciedad y sólo por ello resignarme a no limpiarme.

Pero si no soy el único, y usted que me lee y coincide conmigo es capaz de expresar sus ideas también, la probabilidad de ser ignorados ambos es menor. Y a mayor cantidad de individuos expresando sus ideas en este sentido, en forma legal, pacífica y contundente, menor será la probabilidad de que los gobiernos nos ignoren. ¿Cuántos deberemos ser para que los gobiernos prefieran hacer concesiones, antes que correr el riesgo de enfrentarnos si nos ignoran? No lo se, pero creo que estamos por averiguarlo. Quienes nos gobiernan son llamados “políticos”. Bien. Reduciendo la legitimidad con que ganan sus cargos, condicionando el voto a resultados, pondremos a prueba su nombre.

Para ello, y porque no creo en soluciones mágicas, ni me gustan los caudillos de color alguno, ni soy rehén de la aritmética, ni clientela partidista, ni defensor de mi propio padrote, yo digo, y sé que digo bien, que no basta con anular mi voto, pero sin duda es un gran comienzo.

Posted By: DonVix
Last Edit: 04 jun 2015 @ 04:57 PM

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Categories: Política


 

Responses to this post » (2 Total)

 
  1. Raul Gonzalez Pietrogiovanna dice:

    Aplausos. Suscribo y lo comparto a las anchas que pueda. Grandísimo texto.

    Saludos.

  2. Cecilia Nájera dice:

    De acuerdo contigo, ya somos dos, o quizá seamos tres.

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